El verano pasa 
y los ríos quedan, 
pero nunca vuelven 
a ser los mismos.
Portadores honrados de promesas,
que nos abrigan
en eternos abrazos.
Enero siempre me roba un fragmento de cuerpo.
Me arranca y me despoja
como si hubiera nacido
para ser margarita.
De mi canto y llanto nace la fuerza,
de las palabras, el amor.
Me gusta fundirme con la corriente;
perderme como tantas cosas y volver
frente al disparo exitoso de la melancolía.
El silencio no es un alma vacía.
Es haber aprendido
y aceptado el tiempo;
el paisaje que se disuelve y se transforma
como un dibujo en la arena.
El silencio no es más que la mirada paciente.
Abrir o cerrar puertas,
salir un rato o alejarme;
y esperar frente a las misteriosas
pulsaciones de los días,
que el invierno pase,
que el almanaque se derrita,
y que algún pedacito de río
nos atrape nuevamente
en forma de fotografía.

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