Los ojos cerrados
Bueno, dale.
Esta vez sí te voy a contar qué soñé.
Vos estabas ahí y yo a tu lado,
aunque no tan pegados como hubieras pretendido.
Es que no.
Había arena. Bastante;
como lo suele haber en los sueños que evocan al tiempo.
Y no sé por qué extraña razón
siempre vuelvo a la arena y a los días soleados.
Y ahí estabas. Tranquilo.
Como mirando al horizonte perdido
y yo te miraba y justo
justo en ese instante
el sol te pegaba en la cara
casi obligándote a dibujar una mueca perfecta
esa que siempre aparece
cuando no hay nada de qué preocuparse.
Justo en ese instante me devolvías
una sonrisa redonda tan típica de vos
y los ojos se te hacían chiquitos
detrás de los vidrios de los lentes de marco grueso
los cuales, claro, no soportaban tanto resplandor
y tanta risita tímida.
Cuando por fin enfocamos nuestros rostros cómplices
yo me acerqué así, despacito hasta tu boca
sin tocarte pero con ganas.
Apoyando, apenas si rozándote el borde de los labios
como si deseáramos quedarnos eternamente
en la quietud descomunal del mediodía.
Transmitiéndote así,
ochocientos cincuenta poemas
cuatrocientas veinte canciones
quinientos ochenta y un gestos de afecto
setecientas diecinueve revoluciones
doscientos treinta y dos cuentos fantásticos
veinticinco mil garabatos en papel
cincuenta y cinco mil palabras de agradecimiento
y una lagrimita
como llovizna de invierno.
Como la última llovizna de invierno
en la que el corazón ya no me dolía;
y al fin el mar que me hice durante meses me empujó al infinito
echándome a andar y a nadar
sobre lágrimas que se mezclan con recuerdos dispersos
como los granitos de arena que nos rodeaban
y nos encontraban abrazados
casi besándonos en la plena incertidumbre.
Pero qué linda incertidumbre
cuando se torna juego, calle, lucha,
un poquito de esperanza.
Qué lindo el camino incierto
cuando se trata de florecer con vos.
Esta vez sí te voy a contar qué soñé.
Vos estabas ahí y yo a tu lado,
aunque no tan pegados como hubieras pretendido.
Es que no.
Había arena. Bastante;
como lo suele haber en los sueños que evocan al tiempo.
Y no sé por qué extraña razón
siempre vuelvo a la arena y a los días soleados.
Y ahí estabas. Tranquilo.
Como mirando al horizonte perdido
y yo te miraba y justo
justo en ese instante
el sol te pegaba en la cara
casi obligándote a dibujar una mueca perfecta
esa que siempre aparece
cuando no hay nada de qué preocuparse.
Justo en ese instante me devolvías
una sonrisa redonda tan típica de vos
y los ojos se te hacían chiquitos
detrás de los vidrios de los lentes de marco grueso
los cuales, claro, no soportaban tanto resplandor
y tanta risita tímida.
Cuando por fin enfocamos nuestros rostros cómplices
yo me acerqué así, despacito hasta tu boca
sin tocarte pero con ganas.
Apoyando, apenas si rozándote el borde de los labios
como si deseáramos quedarnos eternamente
en la quietud descomunal del mediodía.
Transmitiéndote así,
ochocientos cincuenta poemas
cuatrocientas veinte canciones
quinientos ochenta y un gestos de afecto
setecientas diecinueve revoluciones
doscientos treinta y dos cuentos fantásticos
veinticinco mil garabatos en papel
cincuenta y cinco mil palabras de agradecimiento
y una lagrimita
como llovizna de invierno.
Como la última llovizna de invierno
en la que el corazón ya no me dolía;
y al fin el mar que me hice durante meses me empujó al infinito
echándome a andar y a nadar
sobre lágrimas que se mezclan con recuerdos dispersos
como los granitos de arena que nos rodeaban
y nos encontraban abrazados
casi besándonos en la plena incertidumbre.
Pero qué linda incertidumbre
cuando se torna juego, calle, lucha,
un poquito de esperanza.
Qué lindo el camino incierto
cuando se trata de florecer con vos.
Un verdadero placer visitar tu blog.
ResponderEliminarTe invito a visitar el mío.
Saludos!!
http://andreszuniga-escritor.blogspot.com.ar/