Nosé

Tengo un poco sucios los vidrios de la vida.
Entras con la ternura de un adolescente tocando el violín,
abrazado en las esquinas que me endulzan,
aunque no creo en la miel del tiempo,
ni en los azulejos blancos de la incertidumbre.
Destejo las cortinas de una tormenta que crece y decrece,
porque la cumbre de tus días nublados,
se hace visible cuando se deshacen en pequeñas migajas,
las reservas del hambre que no tengo,
de la náusea apesadumbrada,
de la coctelera infalible.
La poesía es el grito de los mudos, el llanto de un cuerpo inerte.
Cuento con perspicacia, los pasos del pasado,
los sistemas que nos vuelven adictos a los sinsabores,
las imágenes de una niña atravesando el velo,
la eternidad de los cinco minutos.
Vuelo anestesiada con tu voz, con mi voz que duele,
cuando salto al vacío, cuando me define una figura impenetrable.
Es que no existo en las ventanas ajenas,
ni le hablo al misterio por si acaso.
Una gota que se come a otra gota,
se estremece
ante el precipicio acolchonado que la espera,
y cada tanto deja de llover...


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