Acto segundo
Antes, un té de tilo; y uno que se perdía entre los libros de Freire y
yo en un palabrerío barato y ese cuadro espantoso en la pared, único testigo
entre tanta agua y aceite y otras mezclas imposibles y dolores de cabeza y ya me
quiero ir. Adiós.
Como una idiota. Sola e idiota. Sola y persianas. Sola y pantallas. Sola y celular. Sola y fantasmas. Y cómo no voy a enamorarme de todo lo que me rodea. Cómo evitar la sensibilidad del algodón de azúcar, del cigarrillo que armas con tus propias manos y de los pétalos de esta margarita que no sabe mentir, y yo hace siete días sin fumar y tantos años buscándole culpables a mi insomnio.
Y es que me desconozco en los umbrales y en los cielos espejados y ni siquiera me encuentro en álbumes viejos.
A veces tomo pastillas para dormir. A veces no. A veces, silencio. Y siempre vuelvo, como botella de vidrio, como sonrisa al despertarme mientras te miro y me mirás, y ahí es dónde quiero quedarme a vivir. Y aunque el futuro me corte las manos, me obligue a soltarte, me prohíba tocarte, me cercene las ganas de escribir canciones que me salven del abismo, siempre vuelvo; como los salmones nadando sobre líneas paralelas, líneas que en algún punto se unen y siguen su rumbo o estallan. Líneas por las que nos reconocemos a kilómetros. Un río, una autopista, las vías del tren.
Mi cuerpo es un andén solitario, un banquito de mosaicos, un libro dedicado, la lluvia de la selva, el pasado rancio que me agobia.
Mi cuerpo es un puñado de arena, un vaso a medio tomar,las cicatrices que me dibujo por dentro y por fuera.
Hoy, un cubito de hielo; un mar esperando te sumerjas; una fecha cualquiera dentro del almanaque. Hoy, un problema y un terapeuta; un recuerdo mal configurado, una historia un poco difusa, difícil de contar, pero que al fin y al cabo a nadie le importa.
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