Acto primero
Bien es sabido que por las noches me ahogo en
lágrimas, que vuelan como pajaritos sobre las sábanas, mientras que sobre un
costado reposa ansioso cualquier libro, de cualquier autor, de cualquier
género. Reposa y es testigo de un sinfín de pensamientos vagabundos, de esos
que se escapan a una libertad incierta y difusa, y se pierden en la polvareda
de mi habitación, y en la de los libros y de las cosas que se acumulan sin
sentido a mi alrededor. ¡Como si me hicieran falta cosas! como si en todos estos años de obsesiva compulsiva,
no hubiera aprendido a desprenderme de todo aquello inútil e improductivo,
engorroso e invasivo, sin culpa, ni nostalgia, sin esa pizca de vacío. Vacío
que evidencia una emancipación, de un deseo, de momentos resignificados, porque
el tiempo me obliga, y me somete. Odio el tiempo y los relojes y a los
calendarios académicos y todo aquello que me señale el comienzo y el final y
me condicione los momentos. Y por eso salgo en la búsqueda de un poco de arte
que me reviva el alma, de otro poco de calle que me cuente lo que pasa por
fuera de mí, de las posibilidades que tengo yo, de correr libremente y de decir
lo que siento y no sentirme avergonzada, de defender mis derechos y el de
cualquiera, de decidir cómo quiero estar, de poder decirle a mis viejXs que soy
felíz, y que no importan las lágrimas, ni el cansancio, ni la falta de todo eso
que creo que me hace falta y que se desvanece cuando me doy cuenta de que puedo
disfrutar hasta de un café con leche, y emocionarme solamente con siete
palabras de Pizarnik o de Cortázar, o con una canción de Calle 13. Entonces
para qué acumular tantas cosas, si lo que nos gusta vive en el aire, y en el
afuera mismo, o tal vez en el fondo del mar y hasta me animo a decir que tal vez viva en otra ciudad, y sin embargo yo no paro de apilar un recuerdo
encima de otro, por colores e iniciales, ¡y cómo disfruto cuando abro la ventana
para que el viento los termine desparramando por la habitación! ese cuarto de
pocos amigos y de pocos amores, que se ríe de vez en cuando de las paredes
gastadas y mal empapeladas, de los días nublados y fríos que no son más
bienvenidos, de la silueta mal dibujada que soy a veces, de los acordes que nunca
pude aprender a tocar y de ese libro cualquiera, de un autor cualquiera, de un
género cualquiera, que nunca pude terminar de leer, vaya uno a saber por qué.
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